La Costa de Marfil que encontramos Azul, verde y rojo. El amarillo había desaparecido

G eneralmente, cuanto menos culto es el hombre blanco, más atrasado cree que el africano se encuentra... ¡Pero ni siquiera conocieron la rueda! Solían exclamar los antiguos colonizadores, queriendo dar a entender que si no hubiese sido por los europeos, Africa todavía se encontraría en la Edad de Piedra. Nada más falso. El africano desarrolló y conservó sistemas políticos, sociales y económicos, perfectamente adaptados a sus necesidades. Fue la intromisión de la llamada cultura occidental o europea el origen de que todos aquellos sistemas colapsaran. Los cambios que había sufrido Africa en el lapso de tiempo de una sola generación, 48 nuevos países habían nacido en los últimos 38 años, habían sido más traumáticos que los soportados por otras naciones del planeta en tiempos modernos y de paz.

Cansados y, sobretodo asombrados por la extrema facilidad, rapidez y eficiencia con que habíamos superado los trámites burocráticos, en aquella remota aduana de Burkina Fasso, conducíamos de nuevo nuestro Heyerdhal por un polvoriento y maltrecho camino lleno de piedras y baches. Era la Tierra de Nadie entre dos países y el final del castigado Sahel, sinónimo ya de hambruna, sequías, desesperación y muerte.

Llegando a Costa de Marfil

Un río, un puente y la vegetación se hizo, casi de súbito, mucho más frondosa y nos pareció haber cambiado de planeta.

"Bienvenidos a la Costa de Marfil" rezaba el cartel en francés e inglés y apareció un asfalto digno de la mejor autopista de peaje. Después de varios meses de viaje continuo, de haber cruzado el desierto del Sahara y de haber palpado la pobreza reinante en los llamados países sahelianos, casi no podíamos dar crédito a lo que nuestros ojos veían. Detrás de nosotros, las regiones de este planeta, todavía azul, que comenzaba a ser llamada el ¡Cuarto Mundo!. Sólo un puente sobre un río y delante un país, limpio, ordenado y en claras vías de desarrollo. Decenas, centenares de preguntas se agolparon en nuestras mentes. ¿Cómo era posible tan cambio? ¿Por qué tanta diferencia entre una orilla y otra? ¿Cuál sería el secreto de tan enorme éxito?.

No íbamos a obtener respuestas hasta llegar a Abidjan, la capital económica de Costa de Marfil y una de las ciudades más modernas de todo el continente. Un nombre y un hombre de raza negra: Félix Houphouêt-Boigny, presidente vitalicio del país, había hecho posible tal milagro. Y aunque después de su muerte algún corpúsculo de inestabilidad apareció, pronto todo volvió a la normalidad.

El difunto presidente Houphouêt-Boigny (Boigny significa carnero) fue un personaje singular dentro del tumulto de violencia que siempre parece agitar el continente africano. Hablaba con suave y razonable voz, perdonando a aquellos que intentaban derrocarle, incluso a los que habían atentado contra su propia vida, repitiendo una de sus frases más famosas: "Debemos ir despacio, hijos míos, porque tenemos prisa". El presidente de Costa de Marfil creía en el diálogo y en la comunicación entre los distintos pueblos. Mantenía reuniones secretas con todos los otros líderes africanos, para tratar de llegar a soluciones, sin que hubiera necesidad de utilizar las armas.

"Todo el mundo es bienvenido a la Costa de Marfil" - le gustaba repetir - "Periodistas, hombres de negocios, turistas, industriales... Nada tenemos que esconde a los ojos del mundo". Y era cierto, aunque existía todavía la pena capital, ésta no se había aplicado desde los lejanos días de la independencia, y las cárceles del país no albergaban a ningún prisionero político. Educado en Francia, Houphouêt-Boigny, ya cerca de los ochenta años de edad, había sabido competir con los franceses en sus propios términos y utilizarlos en beneficio de su país y, a pesar de las muchas críticas que originó, a un precio relativamente bajo.

Acampando en cualquier lugar.

"El Viejo", como respetuosamente le llamaban sus paisanos, evitó todo el simbolismo que gustaba tanto a otros presidentes africanos. No utilizó pieles de leopardo ni apareció en público rodeado de pompa y protocolo inútil. Él supo quién era y lo que tenía que hacer. Sólo se permitió un exceso, convirtió su pequeño poblado natal, a medio camino entre el norte y el sur del país, en una mega ciudad al estilo de Brasilia. Yamoussoukro fue construida para ser la capital del milagro africano. Sus anchas avenidas donde apenas circulaban vehículos, conducían al palacio presidencial, una enorme fortaleza rodeada por un foso lleno de cocodrilos. Su última gran obra: la Basílica de Nuestra Señora, pobre copia de la de San Pedro de Roma. Inaugurada por el Papa Juan Pablo II, se convirtió en un acontecimiento muy criticado dado el alto coste de la empresa.

De todas formas Costa de Marfil era la nación africana que vivía el más rápido y ordenado crecimiento económico de todos los países africanos no productores de petróleo, con la sola excepción de Sudáfrica.

Un puente, un río, y la selva.

Costa de Marfil, situada en el golfo de Guinea, dando la cara ante el océano Atlántico y la espalda a los países más pobres de este planeta todavía azul, se había convertido definitivamente en un claro ejemplo a seguir para todos sus vecinos.

Tal vez la impresión que nos causó nuestra llegada a Abidjan fuera algo exagerada, pero disfrutar de aire acondicionado en cualquier establecimiento. Los teléfonos públicos, no sólo se encontraban en su lugar, sino que también funcionaban. Y aunque el sello africano se veía por todas partes, las avenidas podían compararse a cualquier ciudad occidental. De uno modestos comienzos, Abidjan se había transformado en la capital más lujosa de toda Africa. Rascacielos, autopistas y exuberantes comercios en sus siempre bulliciosas cosmopolitas calles. Los múltiples mercados, repletos de alimentos y artesanía local, daban un toque de color a una ciudad más cerca del siglo XXI que algunas capitales europeas. Costa de Marfil, a través de su presidente Houphouêt-Boigny, había evitado el aventurismo político, exhorbitados gastos en defensa y en utópicos proyectos. El 20% de su presupuesto general anual se dirigía a la educación. Los estudiantes habían aumentado su número del 22% al 55% desde la independencia, y el analfabetismo había descendido hasta el 40%, justo la mitad del porcentaje continental. Aunque la riqueza de esta nación africana, contradictoriamente pobre en materias primas, parecía haberse condensado en su capital, el campo, que no había sido nunca descuidado. La producción agrícola se había triplicado desde 1965. Café, cacao, ananás, explotación forestal, pantanos convertidos en plantaciones, ríos tropicales domados por las presas. Costa de Marfil se había convertido en el primer país del mundo productor de aceite de palma. Los ingresos per cápita habían aumentado de mil pesetas anuales a 150.000, el más alto de Africa, con la sola excepción de los países productores de petróleo y Sudáfrica. Tanto había conseguido y en tan poco tiempo, que no podíamos encontrarlo en la lista de las Naciones Unidas de países necesitados de ayuda exterior.

La composición de la población campesina de la Costa de Marfil ofrecía también evidencias de su atmósfera política y económica. A diferencia de los países africanos que habían huido de la represión y de la pobreza, allí nos encontramos con que en los campos trabajaban más de dos millones de emigrantes de las naciones vecinas. Cuando aquellos regresaban a sus hogares, se llevaban toda suerte de radios, camisetas y lata de aceite de palma, muchas veces imposibles de conseguir en sus lugares de origen. Del interior del Sahel, los pastores conducían sus rebaños hacia los escondidos caminos que cruzaban la frontera. Ovejas, vacas y bueyes que habían conseguido sobrevivir a la sequía, eran sacrificados en los modernos mataderos de Abidjan. Habían hecho tan largo viaje sólo por una razón, los precios de la carne eran mucho más altos allí. Cientos, miles de animales se reunían en el polvoriento terreno vecino al aeropuerto y sus escuálidos propietarios reían y eran felices de haber concluido con éxito su odisea particular. Tenían su oportunidad, pues los africanos eran todos capitalistas en potencia.

Nos resistíamos a abandonar aquella nación, todo aquello no podía ser posible, en algún lugar debía de encontrarse el truco. Realizamos pequeñas incursiones a los países vecinos: Ghana, en guerra civil, Togo, Malí. Nos informamos que en la Embajada de España, sita en el elegante barrio de Cocody, que en la Universidad de Abidjan, impartían sus cátedras numerosos profesores españoles y, en todas partes, los mismos datos económicos.

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Al final decidimos buscar algún pueblo alejado del bullicio de la ciudad. Un villorrio costero donde, solicitando la eterna hospitalidad del pueblo marfileño, nos permitieran alojarnos allí por algunas semanas. Deseábamos agotar toda las posibilidades. Elegimos, al azar, allá donde la carretera nos condujo, un pequeño lugar llamado Roc, cerca de la frontera con Liberia, integrarnos con la tribu de los Krou, etnia minoritaria poco menos que desconocida incluso en su propio país. Ayudarlos y que nos ayudaran. Ellos nos iban a dar la oportunidad de comprobar, por la vía práctica, si lo expuesto por el Presidente Félix Houphouêt-Boigny era cierto hasta en las raíces. Pero esto pertenecía a otra historia, a otra experiencia.

Mali, Cuna de Imperios

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