Kenia 88 o el final del quinquenio africano

El quinto gran viaje había comenzado con el muy específico nombre de Africa 84, haciendo alusión, claramente, al continente y al año. Las experiencias anteriores y, sobretodo, el gran éxito del último, la vuelta a este planeta, todavía azul, que se había llevado a término del 1980 al 1982, nos habían dado el suficiente valor para emprender la aventura africana. Habíamos planeado, nada más y nada menos, cruzar todo el continente negro de Norte a Sur, desde Ceuta hasta Ciudad del Cabo sin un límite de tiempo. Los límites vendrían dados por las circunstancias que irían apareciendo durante el trayecto y que, obviamente, no habíamos previsto.

Topis en la Reserva del Parque Nacional Nairobi

El primer obstáculo fue climatológico. Sabíamos que haría calor, mucha calor, de modo que se trató de no tener prisa y cruzar el Sahara y el Sahel buscando las mejores horas del día. El consuelo de una brisa fresca, a orillas del golfo de Guinea, llegó a materializarse sólo a medias y fue cuando nos encontramos con el segundo, y definitivo, obstáculo: Los inestables gobiernos de los países africanos. Golpes de estado, guerras civiles y religiosas. Vimos como se cerraron las fronteras de Nigeria, Chad y República Centroafricana y la ruta terrestre al Africa Oriental.

El único elefante que conseguimos ver en Africa occidental en 1984

La experiencia de cruzar de nuevo el Sahara durante un mes de agosto fue única e irrepetible, pero no tuvimos dónde elegir. Esperar que se calmaran las diversas fracciones políticas no era una opción aconsejable y, por otra parte, nuestro presupuesto iba menguando. Los volveríamos a intentar en otra ocasión.

Así iniciamos nuestro quinquenio africano. Los años siguientes regresamos a Africa en múltiples ocasiones, centrándonos en dos países únicamente, Marruecos y Argelia, aunque nos quedó una asignatura pendiente y que no conseguíamos aprobar. Ver, sentir y oler su rica y variada fauna. Media docena de impalas, algunos monos y unas cuantas grullas no eran, para nada, representativos de un continente que, había sido la cuna de la humanidad.

Kenia 88 fue un magnífico epílogo. Cerrar un capítulo, el capítulo africano y emborracharse de su fauna y flora hasta caer exhaustos. Pero había que aterrizar en algún sitio y llegamos a Nairobi, la capital y mayor ciudad de Kenia. El nombre Nairobi proviene de la frase masái "Enkare Nyorobi", que viene a significar "el lugar de aguas frescas". No obstante, es conocida popularmente como la "Ciudad Verde en el Sol". Bonitas traducciones que nada tenían que ver con la realidad.

Nos preparamos un viaje a nuestra medida. Nada de hoteles caros, dormimos en tiendas de campaña en mitad de la sabana. Ni sofisticados safaris, alquilamos una furgoneta con un guía keniata que se llevó la mayor parte del presupuesto y cargamos nuestras mochilas.

Parque Nacional Nairobi

Nos alojamos en un establecimiento justo en la frontera entre el hotel y el cuchitril y, nada más poner un pié en la calle, fuimos abordados por infinidad de agentes de viaje que nos querían vender ... ¡Jambo! ...¿Safari? No entendíamos swahili, ¿seguro? La mercancía puesta a la venta era más que evidente. No fue necesario ir muy lejos del centro de Nairobi para descubrir que, si queríamos aprobar nuestra asignatura pendiente africana, habíamos llegado al lugar correcto. El Parque Nacional de Nairobi era, casi, un suburbio de la ciudad. Parecía más un zoológico sin barrotes, ni separaciones entre las especies. Cebras (Equus quagga), impalas (Aepyceros melampus), topis (Damaliscus korrigum), gacelas (Eudorcas thomsonii), jirafas (Giraffa camelopardalis) y hasta leones (Panthera Leo) y guepardos (Acinonyx jubatus). No habíamos recorrido ni un par de kilómetros cuando una pareja de rinocerontes negros (Diceros bicornis) se nos cruzó. Había que verlo para creerlo. Al fondo divisábamos el perfil de la ciudad de Nairobi. Lástima, no contábamos con tiempo ilimitado. Había que organizarse y, con la información de un estimado amigo, Lorenzo del Amo, contratamos un safari que nos llevaría a cuatro parques nacionales.

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Pero antes, había que cruzar el Valle del Rift, la gran fractura geológica de 4.830 kms. Su importancia fue tal que, durante su formación, levantó la cordillera del Rwenzori al Oeste, partió la selva tropical en dos, y el lado oriental fue convirtiéndose, poco a poco en sabana. Los simios occidentales evolucionaron hacia el bonobo (Pan paniscus), el chimpancé (Pan troglodytes) y el gorila (Gorilla gorilla). Los simios orientales tuvieron que alzarse y caminar a dos patas, y evolucionaron hacia el ser humano (Homo sapiens) a lo largo de los últimos cuatro millones de años. Todo había comenzado precisamente allí. Continuábamos con nuestra fascinación por ver, oler y sentir los lugares donde comenzó todo, todo. Aquella fractura no se había detenido, ni mucho menos, en un futuro lejano partiría todo el continente africano en dos.

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Justo a las puertas del Parque Nacional del Masai Mara encontramos un manyatta, un enkang o poblado de la tribu de los masái. Estratégicamente ubicado, atraía tantos turistas, como moscas las boñigas de vaca, puestas a secar al sol. El jefe del lugar, previo pago de una tasa, nos dejó meter nuestras blancas narices por todo el lugar. Asombrados, quedamos estupefactos de lo pronto en que nos habituamos al pestilente olor reinante. Las chozas, construidas de ladrillos fabricados de excrementos, paja y algo de barro, carecían de ventanas y sólo disponían de una pequeña abertura para la salida de humo que, rara vez la encontraba. Ese era el secreto, los excrementos ahumados ya sólo olían a humo.

Un inmenso rebaño de cebras (Equus quagga) nos salió al encuentro justo haber rebasado el umbral del parque y nos obligó a salir de la carretera, en el Masai Mara estaba permitido, nuestro guía lo conocía a la perfección y, desde aquel momento, hizo su propio camino. El objetivo primordial de todo safari era conseguir ver y fotografiar a los cinco grandes: Búfalo cafre (Syncerus caffer), el rinoceronte (Diceros bicornis), el elefante (Loxodonta africana), el león (Panthera Leo) y el leopardo (Panthera pardus) o, en su defecto, el guepardo (Acinonyx jubatus). El plan era simple, sólo había que localizarlos en una extensión de 1.510 km². Nuestro guía tenía varios trucos, algunos conocidos, como observar a las bandadas de buitres volando en círculos. Otro truco muy utilizado era vigilar a otros vehículos con turistas, si salía alguno a toda marcha, seguirle.

Llegado el mediodía nos refugiamos en alguno de los lujosos paradores, donde hacíamos la comida fuerte del día, aprovechando los exóticos, inmensos y variados buffets. No nos resultó demasiado caro, lo que sí obligaba a rascarse el bolsillo eran sus fastuosas habitaciones coloniales.

Camino a los paradores (Safari Lodges) Sorry, your browser doesn't suppor Java.

Después de perseguir unas cuantas horas más a los cinco grandes, llegó la hora de acampar y plantar nuestra tienda. El lugar, cerca de un río afluente del Mara, era muy básico, unas letrinas algo alejadas y un recinto central donde encender un buen fuego. No existía ninguna pared, ni boma de espinos, ni nada parecido que nos separara del resto del parque.

Tantos eran ya los turistas que viajaban a Kenia, para disfrutar de su particular safari fotográfico que, inevitablemente ocurrían accidentes. Un león (Panthera Leo) nunca dejaba de ser león (Panthera Leo), por muy ajeno a los clicks fotográficos que nos pareciese. En algunos casos puntuales, llegaban a la prensa internacional, ataques de felinos a turistas demasiado imprudentes, que salían del vehículo para un mejor ángulo para la foto. Nuestro guía nos advirtió de ello pero, también nos advirtió que, las letrinas, obviamente algo alejadas, como ya mencionamos, eran trayectos obligados durante el tiempo que se permanecía en el campamento, de hecho, la mayor parte de la jornada. Era conveniente no desaparecer de improviso, para aliviar nuestras necesidades fisiológicas, sin poner sobre aviso a alguien, para que pudiera permanecer vigilante. No debíamos olvidar, ni por un momento, que nos hallábamos en una reserva de fauna africana, con sus grandes depredadores siempre al acecho. Para un león (Panthera Leo), no significábamos más que una presa fácil, y podía esconderse detrás de cualquier arbusto.

Elefantes solitarios demasiado sociables y excursiones poco recomendables.

Sólo una recomendación más. No guardar ningún tipo de alimento, ni animal, ni vegetal, dentro de la tienda. Poco a poco, todos los que allí acampábamos nos fuimos retirando a descansar. No amenazaba lluvia, de modo que no utilizamos la lona de protección, para así poder gozar de una bóveda celeste presidida por la vía láctea y su corte de constelaciones. De pronto todas las estrellas desaparecieron, se hizo un oscuro absoluto, duró un instante tan sólo. Los faros de los vehículos se encendieron todos de golpe y las bocinas sonaron estrepitosamente. ¿Qué había ocurrido? Nada inusual, un elefante macho (Loxodonta africana) de unas seis toneladas, se había paseado entre las tiendas y había elegido la nuestra, interponiéndose entre nuestras cabezas y las estrellas. Así dejamos de verlas y, afortunadamente, las onomatopeicas no aparecieron. ¡El mango! que habíamos comprado en el mercado, por la mañana temprano. Su delicado olor había llegado a la trompa del paquidermo.

Los ñúes (Connochaetes gnou) se iban concentrando a orillas del río Mara, la proximidad de la estación de las lluvias les indicaba que, mucho más al sur, en las llanuras del Serengueti, ya había llovido lo suficiente como para garantizarles sabrosos pastos frescos. ¿Cuándo cruzarían? difícil adivinarlo. Dentro de una hora, un día, una semana. A nosotros sí se nos agotó el tiempo. Partimos del Masai Mara, camino a las faldas del Kilimanjaro, camino a Amboseli.

Los ñues se iban concentrando a orillas del río Mara

Parque Nacional de Amboseli

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