Suspendido entre el cielo y la tierra, a casi cuatro mil metros de altura por encima de las olas del Océano Pacífico y a orillas del más alto lago del mundo, nos encontramos con una de las mayores incógnitas del continente americano y del planeta entero...

Tiahuanaco .... Sueño o realidad

Pocos restos arqueológicos habían escondido a los ojos de la Humanidad tantos misterios indescifrables como Tiahuanaco. ¿En qué época y por qué razón fueron concebidos? ¿Durante cuántos siglos floreció allí la vida? ¿Por qué fue abandonada la ciudad en plena construcción? ¿Quién la habitaba entonces? ¿Era una capital, un santuario religioso, un parador de caravanas, un conjunto de parques totémicos? ¿A quién estaba dedicada?. Los orígenes de Tiahuanaco se perdían en los oscuros pasillos de la prehistoria boliviana, las primeras alusiones al lugar nos las había legado Cieza de León cuando allá, por el siglo XVI, visitó la comarca del Collao, quedándose tan impresionado por los majestuosos monumentos que escribió en una de sus crónicas: "Es cosa notable y para ver...". Por entonces las construcciones ya estaban abandonadas y en ruinas; por ello, Cieza concluyó: Para mí tengo a esta antigualla por la más antigua de todo el Perú".

Rutas del Altiplano boliviano

Alcanzar el yacimiento arqueológico no ofrecía demasiadas dificultades. A tan sólo 86 kilómetros de La Paz, la capital de Bolivia, era una excursión perfectamente organizada por los agentes turísticos de la ciudad, y podía ser visitado en una sola jornada. Pero, afortunadamente, el infame estado de la ruta, la altitud sobre el nivel del mar y el poco tiempo disponible no popularizaban demasiado a las enigmáticas ruinas y los escasos visitantes "destrozaculturas" se limitaban a utilizar sus cámaras fotográficas para obtener las tan necesarias pruebas gráficas e que ellos también habían estado en tan extraño lugar. Nuestra estancia en Tiahuanaco se prolongó unos cuantos días, no éramos, en absoluto, esclavos del tiempo y nos dispusimos a explorar sistemáticamente toda la zona.

El conjunto arqueológico de Tiahuanaco cubría alrededor de 450.000 metros cuadrados de tundra helada, roja y ondulada, y fue edificada a más de cuatro metros por encima del nivel medio del estéril altiplano boliviano. La insólita metrópoli fue erigida en el corazón de un valle alargado, relativamente estrecho y en forma de herradura, que se extendía en cuarenta kilómetros y se inclinaba en pendiente suave hacia el lago Titicaca. Ninguna vegetación animaba el paisaje excepto, en las partes bajas, los plumeros hirsutos del ichu amarillento, gramínea silvestre típica de los Andes. El suelo era tan duro que había que atarcarlo con un pico; su color hacía pensar en un bronce patinado, oxidado, de color verde grisáceo aquí y allá. Entre nubes de polvo y piedras que amenazaban constantemente con hacer añicos el parabrisas del auto todo-terreno, apareció a un lado del camino, primero un enorme cartel anunciando la entrada a la zona arqueológica y la tan repetida prohibición de efectuar excavaciones sin la pertinente autorización del gobierno boliviano y, seguidamente, la garita del guardia: Un indio colla de oscura tez y ancho tórax, el único ser humano capaz de resistir aquellas soledades a tal altura, no en vano aquel era su hogar y el de sus ancestros.

-¡Buenos días! -nos presentamos- Venimos a visitar el lugar.

Lago Titicaca

Sin mediar palabra alguna nos presentó un par de boletos por valor de 20 pesos bolivianos, algo más de 150 pesetas.

-¿Muchas visitas hoy? –continuamos con la intención de averiguar si el guardián nos comprendía o no- ¿No parece que este sea un lugar muy popular?.

Siguió mudo y, entregándonos un documento que nos autorizaba a visitar y fotografías libremente la zona, se volvió hacia su rudimentaria caseta olvidándose de nosotros. No cabía la menor duda que nos tomaba por un par más de ricos gringos desconocedores de lo que podía encerrar el misterioso lugar. Para nosotros haber llegado a Tiahuanaco representaba la realización de un sueño y el final de un capítulo de nuestro interminable viaje.

Habíamos leído hasta prácticamente saber de memoria todo lo que había caído en nuestras manos sobre aquel complejo arqueológico, ya fuera científicamente reconocido o pseudocientífico, nuestras mentes habían estado abiertas a cuanta teoría aparecido en cualquiera de los medios de información y, ¡por fin! Nos hallábamos allí, en el mismo teatro de los hechos, pudiendo ver con nuestros propios ojos la realidad desnuda. Tiahuanaco había sido una de las espoletas que habían hecho estallar nuestras inquietudes sobre el pasado de la Humanidad. Aquella incógnita era apasionante, y más cuando apoyados en la colosal muralla megalítica que cerraba por sus cuatro costados el gran Templo del Sol, el Kalasasaya, que en lengua aymará venía a significar: "Piedras Erguidas", pensábamos en la descomunal tarea de cortar, pulir y levantar aquellas moles pétreas de cientos de toneladas de peso, estando como estábamos a 3.800 metros de altitud sobre el nivel del mar. Incluso la misma excitación que nos producía el estar presentes ante aquellas maravillas ciclópeas, nos obligaba a jadear en busca del escaso oxígeno de aquel rarificado aire.

Entrada al Palacio de Kalasasaya

El Kalasasaya soportaba una serie de "piedras erguidas" verticales, hundidas en el suelo. Aquellos pilares monolíticos que algunos viajeros habían tomado equivocadamente por menhires o el equivalente de los monumentos druídicos europeos, estaban unidos en la base por un muro de piedra cuidadosamente tallada. El conjunto formaba, sin duda, un recinto majestuoso en cuyo interior había recintos divididos. Algunos habían creído observar que los pilares terminaban a cada lado de un arquitrabe, pero como ningún pilar tenía la misma forma y no presentaban todos aquella particularidad, subsistía la duda a pesar de las discusiones encarnizadas entre los más afamados arqueólogos precolombinos. La escalera de honor, de una anchura de siete metros, comprendía seis escalones, cada uno de ellos tallados en una sola losa de piedra roja. Para entrar en el recinto había que pasar por la abertura de un bello pórtico monolítico sin escultura alguna. ¿A qué se destinaba aquel grandioso edificio? ¿Un observatorio astronómico solar que permitiera a los expertos y sabios tiahuanacos determinar las estaciones anuales? Y aquellas determinaciones sólo podían ser posibles con un edificio orientado con la precisión de los meridianos, ajustando la longitud y la anchura al ángulo máximo de la declinación del Sol entre los dos solsticios. A partir de aquella hipótesis y teniendo en cuenta las variantes astronómicas experimentadas a través de los siglos,

Complejo de Akapana

Kalasasaya, podría tener una antigüedad de siete a catorce mil años, aunque esta opinión era rechazada por muchos arqueólogos, era la que nosotros compartíamos. Un sacerdote, en la época de la Conquista escribía: "Entre los edificios... a orillas del lago...". Y actualmente el lago Titicaca se hallaba a más de 20 kilómetros de Tiahuanaco, lo que demostraba la antigüedad del yacimiento arqueológico. Iniciamos la lenta y penosa ascensión a la Akapana, un montículo de apenas 15 metros de altura por 210 de anchura y que era en realidad una pirámide escalonada, pero el deterioro había sido tal que a primera vista parecía más una colina natural. La palabra akapana significaba en lengua aymará: "cerro artificial", pero se desconocía tanto su función como su denominación original. Desde lo alto se dominaba todo el complejo y de distinguían claramente los monolitos "Bennet" y "El Fraile", así como la pieza más importante de todo Tiahuanaco: "La Puerta del Sol". Pero el día declinaba y nuestra fatiga era ya muy superior a la curiosidad que nos impulsaba. Ibamos a pernoctar allí mismo, deseábamos que cuando nuestro cansancio liberara con el sueño las cadenas de la consciencia realista, nuestras mentes volaran y se unieran a los "dioses" que habían morado desde la eternidad en los descomunales edificios y monumentos de dura andesita. Al día siguiente, con los primeros rayos de un sol todavía desperezándose por detrás de las altas cumbres andinas que calentando la tenue y límpida atmósfera del Altiplano, nos permitirían que reanudáramos nuestra visita. Nos dormimos esperando haber obtenido su beneplácito.

En alguna lejana época del remoto pasado, cuando los primeros Aymarás llegaron a orillas del lago más alto del mundo, el Titicaca, hallaron a unas gentes que vivían sobre enormes balsas de totora en mitad de sus aguas, eran los Uros. El padre jesuita José de Acosta escribió en 1590: "los Uros son un singular pueblo que mora en el lago. Se mueven de lugar repentinamente, de modo que donde estaban ayer, no están hoy. Desaparecen sin dejar ni una huella".

Poblado flotante uro del lago Titicaca

Los Uros seguían estando allí, habían elegido vivir de aquella forma, en el agua en lugar de en tierra firme. Quizás fueran los descendientes de aquellos que habían construido Tiahuanaco que, en algún momento de su historia, decidieran que ya estaba bien de piedras y emigrasen al vecino Titicaca. Muy temprano, por la mañana, alquilamos una barca en la ciudad de Puno para poder acercarnos a los Uros. Llevábamos pan y fruta, un auténtico lujo para unas gentes que se alimentaban casi exclusivamente de pescado y pequeñas aves acuáticas, el padre Acosta mencionó que también comían las tiernas raíces de la totora, aunque nosotros no llegamos a comprobarlo. Saltamos sobre una de aquellas enormes balsas, caminar sobre ella nos daba la impresión de que lo hacíamos sobre un colchón de aire. De vez en cuando nos hundíamos hasta la rodilla. Unas chozas de totora formaban todo el pueblo, y en una de ellas se encontraba la escuela. El maestro, un aymará de tierra firme, nos explicó que aquellas "islas flotantes" estaban construidas por acumulación de cañas de totora, llegando a tener, en algunos lugares, hasta dos metros de espesor.

-Todos los Uros tienen sangre aymará o quecchua hoy día –decía el maestro- Tanto los Incas como los Conquistadores españoles siempre los despreciaron, a mí me llevó siete años ganar su confianza, pero, por fin, empiezan a dirigirme la palabra-.

Afuera se hallaba sentado un anciano ciego. Sus ojos sin vida dirigidos hacia el Sol. Decía que los Uros siempre habían remado y tratado a las aguas del lago muy suavemente, así no despertaban a la diosa que moraba y dormía en las profundidades. La llamada "Ahicha", la Abuela, pero el ruido de los motores fuera borda, ya tan comunes en el lago Titicaca, la podían haber alejado para siempre.

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