PATAGONIA Al Sur de América del Sur

Tal vez, y era solamente una impresión muy personal, los argentinos habían plagiado de los españoles aquella innata curiosidad por la novedad. Después de haber recorrido este planeta azul por todos sus continentes, nunca como en la Patagonia argentina habíamos estado más a la expectativa de la gente. Aquella era la casi infinita región de la Patagonia, en el cono sur argentino, que con sus 700.000 kilómetros cuadrados no superaba los 600.000 habitantes.

Al Sur de américa del Sur Nuestra ruta en Valdes Su economía era, básicamente , ganadera; predominando la cría de la oveja, en la región norte aumentaba el ganado vacuno. Junto a aquella casi eterna actividad tradicional, el descubrimiento de yacimientos petrolíferos en Río Grande (Tierra del Fuego) y en Comodoro Rivadavia abría nuevas posibilidades a un nuevo futuro de la Patagonia. En aquella enorme región de la América austral habían vivido los patagones o tehuelches, aunque no llegaron a formar una cultura tan rica y de calidad como sus vecinos del norte: los incas, que tenían por frontera el sur de Tucumán (una de las provincias al norte de la actual nación argentina). Otras tribus vecinas fueron los abigones, puelches y pampas (éstos, belicosos, nómadas, cazadores, que moraban en la zona central de argentina) y los yaganes y onas, de la Tierra del Fuego.

A la entrada de la península Valdés -en Puerto Madryn- se encontraba una preciosa estatua de bronce dedicada al último patagón, adjetivo que confirmaba el hecho de que aquel pueblo como tal, no existía ya, pues las cruentas guerras y los genocidios acabaron con él. Si bien, etnológicamente, había restos de dicho grupo racial al sur de Río Negro, justo donde se iniciaba la Patagonia, habíamos pernoctado en una ciudad al margen derecho del río que llevaba por nombre Carmen de Patagones. Los patagones eran de piel morena, oscura; cabeza corta, cara cuadrada y pómulos salientes. Su talla era alta, por término medio 1,70 a 1,80, con casos frecuentes de individuos que alcanzaban 1,90 m. Se dedicaban principalmente a la caza. Parecía que no eran autóctonos de Patagonia, pues en algunas excavaciones se habían hallado cráneos de la raza paleoamericana. Charles Darwin escribía el 22 de abril de1934 en su famoso libro "El Viaje del Beagle" :

Istmo de la Península Valdes

-"El paisaje no cambiaba y era poco interesante. La absoluta similitud de los productos vitales en toda Patagonia es una de sus características más notables. Las llanuras cubiertas de guijarros, dan vida a las mismas plantas enanas y escasas. En todas partes vimos los mismos pájaros e insectos. La maldición de esterilidad pesa sobre todo el país. El número de aves marinas es muy escaso".- Y el naturalista británico continua diciendo: -"Patagonia, a pesar de ser tan pobre en algunos aspectos, puede enorgullecerse de una gran variedad de pequeños roedores, superior a la que se encuentra en cualquier parte del mundo. Es también muy abundante una pequeña zorra de formas delicadas que probablemente se sostiene únicamente a base de estos pequeños animales. También el guanaco se encuentra allí a sus anchas. El puma, así como el cóndor y otras aves de presa, persiguen y cazan a estos animales. Casi en todas las orillas de los ríos pudimos ver huellas de puma y restos de guanacos con los cuellos dislocados por sus garras"-.

Según leemos en un folleto. Argentina tiene cerca de 20 parques nacionales, con un total de algo más de dos millones y medio de hectáreas. En aquel viaje tuvimos la oportunidad de conocer varios de ellos: el de los bosques petrificados, el de las Torres del Payne, en la Patagonia chilena, el de Lapataia en Tierra del Fuego, el de los Glaciares con el espectacular lago argentino, al oeste de la provincia de Chubut, en la Patagonia central argentina. Patagonia argentina Situada a más o menos la mitad del camino entre Buenos aires y el estrecho de Magallanes, en la anteriormente mencionada provincia de Chubut, la península Valdés se introducía como un auténtico champiñón en el Atlántico sur. Se trataba de un territorio que más bien parecía una isla, pues desde su estrecho istmo, de apenas ocho kilómetros de anchura, era posible ver ambos lados o brazo de mar; al norte, el golfo de San José; al sur, el golfo Nuevo. Su capital, o población más importante, era Puerto Pirámides, aunque había dos agrupaciones locales más: Punta Delgada y Bella Vista. La península Valdés se había convertido en una inmensa reserva natural. En la entrada, de color azul celeste y blanco, los colores nacionales, las autoridades habían escrito dos lemas: "Los parques nacionales, patrimonio para un mundo mejor" y "Conocer la Patria es un deber". República Argentina". Pingüinos, lobos y elefantes marinos, cormoranes y todas las muestras de la fauna acuática y aérea de la Patagonia argentina se hallaban y criaban en aquellas reservas naturales.

Al este de la península se encontraba la caleta Valdés, donde, una vez al año, se reunían los mayores mamíferos del planeta: las ballenas. Magníficos animales que por su anual emigración hacia aguas más cálidas y después de haberse alimentado con el abundante plancton de los mares artárticos, se detenían a descansar en aquella estrecha y profunda caleta, muy cerca de la costa. En ella se entregaban a sus juegos y retozaban con sacudidas de sus enormes colas, pasatiempos que compartían con sus primos los delfines aunque, dado su tamaño, sus movimientos resultaban un poco menos gráciles. Las que vimos, y a las que fotografiamos, tenían en sus respiraderos o narices unos "montículos" formados por crustáceos y otros parásitos que se alimentaban de los restos orgánicos que las ballenas expedían al respirar pero que desaparecían una vez llegadas a aguas más frías.

Loberias, elefanterias y pingüineras

Todos los caminos y rutas de la península Valdés eran de tierra batida o ripio, ahora bien, aparte del polvo, se podía desarrollar una velocidad normal y llegamos a la Punta Norte después de atropellar a una perdiz americana o martineta copetona que nos serviría de excelente cena. En aquella zona norte de la península se encontraban las loberías y una elefantería, la única que existía en tierra firme. Era una enorme plaza de cantos rodados y allí criaban los lobos marinos primero y después eran desplazados por sus primos, de mucho mayor tamaño, los elefantes marinos. Los leones marinos formaban un espectáculo impresionante. Se agrupaban en multitudinarias colonias de cientos de individuos y su único trabajo consistía en pescar, tomar el sol y aparearse y., de vez en cuando, escapar de alguna orca hambrienta. En sustitución de los elefantes marinos , también pinnípedos, aprovechaban el lugar para dedicarse a sus devaneos amorosos. El macho se adornaba con una melena y tenía como única obligación permanente el cuidar de su harán. Así, cada macho, mantenía a raya a los menos afortunados de su mismo sexo que trataban constantemente de robarle alguna hembra. Formaban con sus parejas grupos autóctonos repartidos por la gran playa, pero cuando un gran macho perdía en la lucha, perdía también a sus hembras, entonces el viejo rey vencido debía abandonar la playa y en la mayoría de las ocasiones moría debido al gran esfuerzo realizado. Tanto los lobos como los leones marinos habían recibido el mismo apelativo que sus homónimos terrestres debido a los aullidos de los primeros y a los rugidos de los segundos y aquella era la única semejanza.

En la colonia de elefantes marinos sólo hallamos a los más jóvenes ya que los adultos se encontraban alimentándose mar adentro. El guarda de la reserva nos informó que cuando llegan, desplazan a todos los otros animales y pueden llegar a ser cerca de 15.000, llegando a pesar los machos adultos cerca de tres toneladas y medir seis o siete metros.

Seguimos recorriendo el perímetro de la península Valdés con algunas paradas. Nos asomábamos a los acantilados y siempre aparecían las enormes focas descansando en la playa. No nos podíamos imaginar el número de aquellos animales, pero debían de ser miles dispersas en una casi eterna playa. Asimismo, vimos mejilloneras que dejaban asomar millones de mejillones cuando bajaba la marea. Era el momento de recolectarlos, al igual que algunos percebes, junto con la martineta atropellada nos proporcionó una cena insuperable.

La tarántula era muy común entre los matorrales de los arcenes, las infinitas pampas argentinas albergaban a un buen número de arácnidos, a pesar de su impresionante aspecto y de su veneno era evidente que tenían mucho más miedo ellas de nosotros que nosotros de ellas. Mientras que otras razas cazaban a sus presas mediante un red tejida o un poderoso veneno, la tarántula argentina cazaba corriendo porque su tamaño se lo permitía. También tuvimos ocasión de presenciar la loca carrera de tres ñandúes, los avestruces americanos. Tampoco ignoramos a los siempre simpáticos pingüinos, ya conocíamos los lentos y torpes andares de aquellas aves pero lo cierto era que no contaban con un buen humor; su brillante "frac" era áspero al tacto y sus picos cortantes tijeras de reacciones rápidas e imprevisibles, podíamos acercarnos pero debíamos estar atentos a no recibir un duro picotazo si veían amenaza en nuestros movimientos. Y en mala hora decidimos pernoctar cerca de la pingüinera, el lugar donde anidan los pingüinos, un simple hoyo excavado en el suelo. El olor a pescado y a heces fermentadas invadió todo el campamento. No, lo cierto, era que no nos gustó demasiado el contacto con los siempre, y a partir de aquel momento, desagradables pingüinos.

Tierra del Fuego a la vista

Y a partir de aquel lugar, continuamos directos hacia Río Gallegos y directos al estrecho de Magallanes. Faltaban unos 65 kilómetros para alcanzar la frontera con Chile, ya que no existía otra forma de llegar hasta el territorio argentino de Tierra del Fuego, la gran isla austral se la repartían ambas naciones. Y cruzamos aquel estrecho de tan épico nombre en una barcaza, su anchura iba de los tres a los treinta y tres kilómetros . El paso lo realizamos desde Punta Delgada a Espora, por la parte más estrecha. Aquel canal natural ponía en comunicación los dos océanos más extensos del planeta: el Atlántico y el Pacífico. Su longitud era de unos 600 kilómetros. Sus costas estaban formadas, en su mayoría, por altos acantilados que le daban el aspecto de fiordo noruego. Se experimentaban fuertes corrientes marinas en la primera angostura, lo que dificultaba la navegación, así que el conocimiento de las mareas era inapreciable en aquella región. El paso fue descubierto el 1 de noviembre de 1520 durante la expedición de circunvalación al globo terrestre por el navegante portugués al servicio de la Corona española, Fernando de Magallanes, pero su importancia decreció considerablemente con la construcción del canal de Panamá en 1914. Magallanes, al mando de la nave "Trinidad", puso en nombre de estrecho de Todos los Santos a aquel paso para alcanzar el océano occidental, al que llamó Pacífico por los excelentes vientos alisios que le llevaron hasta la isla de Guam.

Punta Arenas, puerto chileno y capital de la provincia de Magallanes (de unos 75.000 habitantes), era el principal punto de establecimiento humano del estrecho. Vivía del paso de los turistas, de mercancías y de los cercanos yacimientos de carbón. Atravesamos, ya en la isla Grande de Tierra del Fuego, la provincia sureña de Chile, tierras ásperas, desoladas y batidas por violentos vientos y lluvias torrenciales y, muy frecuentemente, cubiertas por una espesa niebla,. Aquello explicaba el cuidado con que los nativos que vieran la expedición de Magallanes conservaban sus fuegos día y noche, de ahí la razón de tan ardiente bautizo. La mayor preocupación de los carabineros chilenos era el recalcarnos una y otra vez que no importáramos ningún producto de origen animal a la XII Región de Magallanes, ellos debían protegerla de la fiebre aftosa que asolaba la parte argentina, información rotundamente negada por las autoridades argentinas quienes culpaban del mismo problema a las chilenas.

Tierra del Fuego

La isla Grande de Tierra del Fuego era, en su mayoría (49.200 km2.) de Chile y su capital provincial era Porvenir. Nosotros nos dirigimos a la parte argentina (20.400 Km2), cuya capital era Ushuaia, la ciudad más austral del planeta. Y allí llegamos, al final del continente, ¿ Mapa situación o al principio ?. A un tiro de piedra de continente virgen de la Artártida. Después de una ruta infernal, de barro, de piedras llegamos, por fin, a aquella ciudad, situada en el mismísimo canal de Beagle. El paisaje había ido cambiando a medida que corríamos hacia el sur, poblándose de densos bosques. Y si el viento había sido nuestro acompañante desde que dejamos la península Valdés, allí lo cambiamos por la lluvia. El verdor reinaba por doquier, había tanta humedad que los árboles se cargaban de musgo, dándoles apariencia de pantano. Para cenar y celebrar nuestra llegada al final... ¿ o al principio ?, cocinamos unas chuletas al más puro estilo argentino, es decir, churrascos. Las habíamos comprado en la tienda de un catalán que se acordó de su lengua materna a pesar de llevar más de media vida fuera, no haber regresado nunca y sentir una gran nostalgia por su patria chica. Ushuaia era zona franca, pero según los precios de los escaparates sólo era por la franqueza con que nos hablaban sus pobladores. Curiosamente nos encontramos con otro paisano, un mallorquín que nos andaba buscando, ya que en la gasolinera le habían informado de nuestra presencia. Se trataba de un joven que había salido hacía unas pocas semanas de Mallorca y estaba esperando un barco velero de unos 10 metros de eslora para doblar el cabo de Hornos y seguir travesía.

El Final del Mundo

Pero la ruta 3 no finalizaba en Ushuaia, continuaba unos cuantos kilómetros más, 19 para ser exactos, hasta concluir en la bahía de Lapataia y puestos a llegar al final, ¿ o al principio ? , hacia allí nos dirigimos para acampar y preparar la gran ascensión al continente sudamericano.

Según leímos en el "Viaje del Beagle" de Charles Darwin, el 15 de enero de 1833, el canal que teníamos delante de nuestros ojos fue descubierto por el capitán Fitz Roy durante el último viaje del barco que cedió el nombre al brazo de mar, y escribe Darwin... " Y es de lo más curioso que puede verse en aquel país. Se le puede comparar al valle de Lochness, en Escocia, con su cadena de lagos y bahías. Tiene unas 120 millas (222 kms.) de largo y una anchura media de una a dos millas ( 2 a 4 kms.). Es tan recto a la vista, limitado a ambos lados por una cadena de montañas, que se pierde gradualmente en lontananza. Atraviesa la parte meridional de Tierra del Fuego, en dirección este-oeste, y hacia la mitad de su curso se le une por la orilla meridional un canal irregular que ha recibido el nombre de estrecho de Ponsoby".

Como recordábamos, aquel canal había sido motivo de discordia y polémica entre Chile y Argentina, ya que ambos países por poseer territorios en la Artártida, ricos en materias primas, se disputaron tres pequeñas islas: Picton, Nueva y Lennox. Para evitar un conflicto armado, ambas naciones, de mutuo acuerdo, dirimieron sus diferencias ante la autoridad del Papa Juan Pablo II. Y como no podíamos seguir más al sur con nuestro vehículo, nos dirigimos hacia uno de los más hermosos parques nacionales del cono sur americano, el denominado "Las Torres del Payne", descubiertas también por el capitán Fitz Roy y que dio nombre al pico más famoso y conocido entre los aficionados a la escalada. Aquel era un parque donde abundaba la típica fauna patagona. Quizás la dificultad de la red viaria y la práctica inexistencia de caminos dentro del recinto protegido, fuera uno de sus más preciados encantos. A diferencia de los parques nacionales más famosos, en los que los animales, más que en libertad, se encontraban como en una inmensa jaula, los de la Patagonia y Tierra de Fuego daban impresión de más autenticidad. El ser humano como depredador no existía en aquellas latitudes. Había que dejar bien claro que las autoridades habían prohibido tajantemente la caza de los siguientes animales: zorro gris o zorro chico, chingue o zorrino, gato de mar o nutria de mar, guanaco, nutria de río, lobo de dos pelos, lobo fino, foca peletera, vicuña, halcón, lechuza blanca, cisne de cuello negro, cisne blanco o coscoroba, flamenco chileno, avestruz o ñandú, pato cortacorriente, garza, pingüino, martín pescador, palomas y prácticamente toda la fauna existente. Y continuando con nuestra ruta, que había cambiado el número por el de 40 y que terminaba en La Quiaca, la lejanísima frontera norte con Bolivia, nos dimos de narices con los únicos "elefantes" que existían en estado salvaje en América.

La Peña de los Elefantes en Calafate

Se trataba de la Peña de los Elefantes, un alto cerro que, como curiosidad de la Naturaleza, mostraba formaciones rocosas semejantes a los paquidermos. Al norte del pueblo de Calafate, se hallaba el Lago Argentino, bautizado así por Francisco Perito Moreno (1852-1919), el 15 de febrero 1877. Alrededor de aquella fecha, Moreno y sus compañeros habían remontado el río Sta. Cruz, desde el Atlántico, por espacio de un mes. Ellos fueron los primeros ( a excepción de los indios tehuelches) en ver el lago. En 1834 el ya mencionado capitán Fitz Roy (1805-1865) y su todavía no famoso naturalista Charles Darwin (1809-1882) y 25 navegantes, lo habían intentado sin éxito debido al cansancio y a la falta de víveres. Así que el lago Argentino fue visto por primera vez por una expedición terrestre, sin embargo, Perito Moreno navegó por sus aguas antes que ningún otro explorador. Según el relato de aquel pionero, las orillas del lago eran boscosas y había muchos huemules (ciervos patagones). Durante la inspección del área, Moreno descubrió una cueva con pinturas rupestres y, en su interior, la momia de un indio. En la actualidad no quedan bosques y muy pocos heumules sobrevivían al pié de los Andes. En cuanto a las pinturas rupestres habían sido borradas por el grafitti de los visitantes.

En recuerdo al explorador Francisco Perito Moreno se dio nombre a una de las maravillas del parque nacional de Los Glaciares , en la Patagonia argentina: El glaciar Perito Moreno aún vivo y que desprendía regularmente grandes bloques de hielo a las aguas azul turquesa del lago, llegando incluso a partirlo en dos.

Camino al Río Pinturas

Nuestra próxima parada tuvo como objetivo la "Cueva de las Manos" , a orillas del río Pinturas. En un oquedal natural en el margen izquierdo del río todavía quedaban pinturas rupestres sin grafitti actual. Databan de hacía unos 12.000 años y la dificultad del acceso tal vez había ayudado a su conservación. Los antiguos artistas se habían limitado a estampar en los típicos colores: blanco del yeso, negro del hollín y ocre de la arcilla, sus manos, tanto en "positivo" como en "negativo" cientos de anónimas firmas acompañadas de representaciones de ñandús y guanacos, sus antiguas presas de caza.

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